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Dame una razón para dejar de pensar en ti. He buscado y seguiré haciéndolo inútilmente, puesto que no hay algo que me haga olvidar esa fragancia que tanto me gusta, esa mirada que me transmite paz, esa sonrisa que me causa el mayor placer. Puedes no estar conmigo y aún así seguiré rememorando cada detalle de aquellas manos, cada centímetro de esos brazos: los personajes principales de las mayores de mis dichas con tus cálidos, sinceros y perfectos abrazos. Éstos, se han convertido sin duda en mis favoritos, puesto que enervan mi piel de tal modo que me hace estremecer. Sin embargo, la ausencia de una muestra de afecto es la que me invita a soñar cuándo será el día en que me brindes un dulce beso que me enamore aún más.
Al fin del mundo, a otros planetas, a la luna, a las estrellas… Podría seguirte a donde tú me lo pidieras. ¿Que si es tonto? He de decir… que ahora no me preocupa esa interrogante, siempre que me encuentre a tu lado. Así podría ir contigo a donde quisieras, a donde se te ocurriera. El lugar menos imaginado, la plazuela más recóndita, el café más oscuro, la casa más tétrica, el corazón de la sociedad más alejada, las ciudades más viejas, los teatros menos concurridos, las bibliotecas más antiguas, el pueblito más humilde, el restaurante con la gente más refinada, el concierto del peor cantante en la historia, la firma de libros del autor que más detesto, el mercado más peligroso de la zona, al centro histórico menos reconocido, a la calle que es especial para ti por aquello que sucedió en tu infancia, a tu primer hogar, a ese medio de transporte que tanto te divierte, al Everest o al Amazonas. Da igual. A todo diría que sí, no habría objeción alguna en mi respuesta, y aunque mi mirada sea temerosa o contradictoria, la palabra que expresara en el momento de aceptar, sería lo que sellase el trato. Y es que puedo estar en algún lugar que aborrezca, tema o desconozca completamente, pero en tu compañía el entorno es lo que menos importa. Y cuando esos tus labios, dijesen “ven conmigo”, bastaría mi mirada perdida en los que se dicen tus ojos, para darte cuenta que a donde sea voy contigo. No hace falta que preguntes, indagues o te cerciores si la proposición me agrada, porque de antemano sabes que lo haría encantada. A la guerra, a la paz, a lugares donde humanidad es algo desconocido, gracias a toda esa serie de crímenes fatídicos e irracionales. A un nuevo mundo, al inframundo. A donde sea que tengas la ocurrencia de indicar. ¿Un bar de mala muerte? ¿Una iglesia bañada en oro? ¿Un santuario en la montaña? ¿Un bosque en las lejanas tierras de nadie? ¿Una isla desierta? ¿Un jardín abandonado? ¿La casa de tu desesperante prima? ¿El suelo donde mejor admiras el atardecer? ¿Los columpios de aquel parque que tanto disfrutaste en tu ayer? ¿La azotea donde tanto disfrutas las noches estrelladas? ¿La sala de estar que guarda el secreto esas lágrimas por filmes románticos y cursis que niegas ver? A todo eso yo digo ¿cuándo? que estoy libre hasta el amanecer… Y después de todo ello, hay un lugar al que me encantaría ser invitada… tu corazón.
Te vi. Logré visualizar cada detalle, cada mínima expresión de ese rostro. Alegué incansablemente que se trataba de ti y nada más de ti. Luché por aferrarme a esa idea, a esa ilógica ilusión. Dejé a un lado principios y normas, pues no importaba, al saberte aquí… al sentirte cada milésima de segundo, cada momento… sólo junto a ti. Estar a tu lado bastaba, sólo eso era esencial. Escuchar esa risa, reflejarme en esa mirada, encontrar mi lugar preferido en esos brazos, alucinar con esos… tus besos callados. Presencié una historia, una que nunca ocurriría, una frágil fantasía. Embriagué mi alma de esa sensación que los demás llaman amor, me dejé envolver por su melodiosa voz, por los susurros persuasivos que me invitaban a soñar. Lo que ocurrió después, es que no ocurrió nada. Se trató simplemente de una historia más de cuentos de hadas, en la que la ausencia de príncipe encantador, impidió el maravilloso final feliz.